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Kafka vive entre los parquímetros del DF




El martes pasado, en vísperas del día del amor y la amistad, tuve la inolvidable oportunidad de vivir un día del máximo absurdo kafkiano, sin defensa ciudadana frente a las fuerzas desconocidas que rondan alrededor de los parquímetros del DF. La historia la cuenta alguien que ha abogado invariablemente en las juntas de vecinos de su colonia por la instalación de parquímetros.

Asistía a una reunión de trabajo a las 10 de la mañana en un edificio de la ONU en Montes Urales, Lomas de Chapultepec; 20 minutos antes me encontraba con mi auto a tres cuadras del susodicho lugar, desesperado porque la cola de autos no avanzaba, cuando descubrí que brillaba invitadoramente uno de los flamantes nuevos parquímetros instalados en la calle de Alpes por la que transitaba.

“He ahí mi salvación”, me dije. “Lo estaciono y camino un par de cuadras a mi destino. Me viene bien. Tengo dos monedas de 10 pesos para comprar más de 2 horas de tiempo. Ventajas de la nueva administración urbana”. Conseguí mi boletito; lo puse en mi auto en el lugar de costumbre frente al volante, atrás del parabrisas; y llegué a tiempo a mi importante reunión. Salí hora y media más tarde. Caminé de regreso a mi auto y ¡oh sorpresa!—La araña inmovilizadora había atacado mi auto implacablemente.

“No puede ser” me dije furioso a mi mismo, mientras revisaba la boleta de sanción que a la letra dice que siendo las 11.12 horas “el vehículo cuenta con boleto de parquímetro volteado, (no visible hora, fecha y placa)”.

Efectivamente el boleto estaba volteado, pero eran las 11.31 y contaba con 45 minutos de margen todavía.. Busqué sin suerte a tres cuadras a mis alrededores a un empleado uniformado de la empresa operadora para que comprobara la situación, mientras llamaba en mi celular para informar de la injustificada multa. Después de tres intentos de llamar a un número ocupado, y presionado por llegar a impartir un examen en Santa Fe, tomé un taxi a mi universidad, donde cumplí con mi compromiso, pagué la multa en la sucursal de un banco en el plantel y regresé raudo al sitio del “delito”, pero esta vez, ¡nueva sorpresa!, mi auto había desaparecido.

Pronto me convencí, a pesar del escepticismo de varios choferes de autos (estacionados sin pago de parquímetros), que aducían que “los autos se quedan con su araña a veces todo el día”, que mi auto había sido llevado al corralón. Volví a llamar al teléfono de atención ciudadana donde se me indicó que no sabían de mi auto, que probablemente había sido llevado al depósito si no había pagado yo a las dos horas de ser inmovilizado el auto. Les señalé que no hubiera sido posible hacerlo en mi caso y que ni en la boleta de sanción ni en el aparato de pago de parquímetro había indicación alguna del límite de dos horas. Su respuesta: “El artículo 38, fracción I, inciso b del Reglamento de Tránsito Metropolitano lo prevé. Vea el Artículo 13. Llame a LOCATEL para averiguar donde está su auto”.

Mi odisea con LOCATEL fue digna de una novela. Mis primeros 20 minutos fueron de espera: primero para que alguien me contestara; luego para que alguien me atendiera; después me pasaron con “la persona apropiada” que nunca contestó y me colgaron. Mientras esperaba tuve la oportunidad de recibir información grabada de todo tipo, incluyendo consejos edificantes de cómo nutrirme sanamente y evitar la obesidad. La siguiente persona que me contestó me dijo que no tenía la menor idea de si mi auto había sido llevado al corralón o había sido robado; que llamara más tarde.

Gracias a un amable empleado de la oficina de la PGR pude conseguir después de 15 minutos en la oficina vecina de la policía que alguien me proporcionara la información deseada: “su coche está en el corralón de Salinillas en Irrigación”. Para entonces mi esposa, con mejor suerte vía su computadora, tenía la misma información, y sabía además qué documentos “originales” y copias tenía que llevar para recoger mi auto y la cantidad que tenía que pagar por el acarreo. Muy amablemente me trajo los documentos con los que acudí al corralón.

Por suerte llevé todos los originales, pero no fueron suficientes las copias. Pagado el acarreo de 500 pesos con mi protesta verbal, porque nunca había sido informado de que ello sucedería a las 2 horas de la inmovilización, me dirigí a mi auto, cerrado y sellado; ahí, sobre mi asiento de conductor estaba el boleto del parquímetro, mirando hacia arriba con la hora límite marcada, que evidenciaba, junto a mi boleta de sanción, que no hubo falta. Lo mostré al policía del corralón, quien me aclaró que no era problema suyo y que me apurara, porque cerraban a las 8 de la noche.

Cuando relaté mi desventura a un amigo, me informó que a él le habían arrastrado el auto al corralón un sábado, de un sitio con parquímetro, porque permanecía un letrero de estacionamiento prohibido en un poste del mismo lado de la calle.



¡Surrealismo puro en cuanto a derechos ciudadanos de información!



*Director del IIDSES-UIA

El Financiero
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