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“No disparen, soy turista!”


Política cero

Jairo Calixto Albarrán


Qué imágenes: la de la CTM protegiendo celosamente las indispensables tradiciones del priismo más dinosáurico con Gamboa Pascoe a la cabeza, en espléndidos espectáculos para nostálgicos de Fidel Velázquez; no se diga el calendario de las sobrecargos de Mexicana, a manera de un esfuerzo para ayudarse a pasar el trago amargo de terminar trabajando con PC Capital, que ya tiene todo planeado para convertir a los trabajadores del aire en jornaleros porfirianos.
Ante todo eso, sólo nos queda cantar: Quién iba a pensar, quién iba a pensar, que por no tener el perfil de turistas los iban a matar. Suena como argumento de canción del Piporro sobre esa gente que por las noches salen a mear, pero como la realidad supera cualquier canción de don Eulalio González, no es más que la pura verdad sobre una de las tragedias más alucinantes de este país donde la muerte siempre tiene derecho de pernada.
Gracias al suegro de La Barbie, mejor conocido en los bajos fondos del ambiente del crimen organizado como El Charro, supimos que a órdenes de su yerno supuestamente mandó a ejecutar a los michoacanos que habían confundido con miembros de La Familia porque para ellos no cuadraba su look con el de los típicos visitantes de Caleta-Caletilla.
De alguna manera, los sicarios habían coincidió con el dictamen de la secretaria de Turismo cuando advirtió, con el colmillo que la caracteriza, que los 20 michoacanos —entonces todavía en calidad de secuestrados— no podían sino estar metidos en cosas turbias por no portar la clásica playera de “Mis abuelitos fueron a la Roqueta y sólo me trajeron esta pinche playerita”. Además de una reservación en Disco Beach y el típico hotel Camarena.
O sea que en el futuro será indispensable portar en los periodos vacacionales algún tipo de chaleco contra balas que semeje un salvavidas que con buena caligrafía afirme categórico: “¡No disparen, soy turista!”.
Y no sería para menos, tomando en cuenta las dificultades que representa, tanto para el crimen organizado como para los federales, diferenciar entre los miembros de un cártel de narcotraficantes y un grupo de alegres amigos buscando un poco de diversión vacacional.
Ahora sólo se espera que las autoridades limpien los nombres de estos michoacanos cuyos familiares, supongo, todavía no reciben las disculpas necesarias de ese paisano suyo que despacha en Los Pinos. Ya ven que es un humanista.
Más aún ahora que Jelipillo ha recibido el único verdadero apoyo que importa por estos lares (sobre todo si tomamos en cuenta que todas las encuestas recientes plantean que los mexicanos están hasta el gorro del combate al crimen organizado): el de Carlos Salinas de Gortari.
jairo.calixto@milenio.com
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