Un lugar de Tamaulipas llamado San Fernando fue motivo de asombro en buena parte del mundo el 23 de agosto de 2010, después de que fueron encontrados ahí los cadáveres de 72 migrantes. Este sitio donde sucedió una de las masacres más terribles de los últimos años en Latinoamérica, se resiste a ser considerado “un pueblo infernal”, como se le ha llamado.
Esta es una brevísima historia de San Fernando, Tamaulipas, de acuerdo como la cuentan sus propios habitantes, dolidos del estigma que ha recaído sobre ellos tras el crimen ocurrido en un predio del ejido El Huizachal:
San Fernando es una ciudad antesala de Matamoros (a 128 km de ahí) y Reynosa (a 138 km) y es considerada como parte de la franja fronteriza mexicana con Estados Unidos. Es el municipio más extenso del territorio de Tamaulipas y uno de los más grandes del país. Hay también una gran cantidad de ejidos entre los cuales se encuentra el de mayor hectáreas en todo el país, el cual lleva por nombre ejido Pancho Villa.
Su población es de casi cien mil habitantes y su economía tiene como columna vertebral la agricultura, la ganadería y la pesca. San Fernando colinda con la Laguna Madre, la más grande de agua salada en Latinoamérica: 2 mil kilómetros cuadrados de extensión. Camarón, la curvina, el ostión y la lisa son las especies más comunes en ella, las cuales dan trabajo a muchos migrantes que llegaron del sur del país para establecer sus vidas ahí, principalmente provenientes de Veracruz. La región es ideal para la pesca deportiva, la cual se realiza todo el año.
San Fernando es considerado un sitio familiar por sus lugareños, ya que al ser una ciudad relativamente chica, es común que al salir a la calle, un sanfernandense se tope con caras conocidas. La mayoría de las familias que están arraigadas ahí desde varias generaciones atrás son conocidas por haber participado en el desarrollo de la comunidad. No es raro que los habitantes –principalmente del casco– tengan un pariente que haya sido presidente municipal, o que exista una escuela primaria o secundaria que lleve el nombre en honor de alguno de sus antepasados.
El turismo en San Fernando se refleja en Semana Santa, al recibir a visitantes de Nuevo León y Coahuila, así como de Estados Unidos para disfrutar de la playita conocida como La Carbonera, desde donde se puede tomar una lancha para llegar a una barra que es una hermosa isla virgen enorme y donde al cruzar una loma se aprecian las olas del imponente mar abierto. En el trayecto del primer cuadro de la ciudad a ese lugar conocido como La Carbonera hay varios ranchos conocidos como hunting lodges, los cuales desde hace muchos años reciben principalmente a visitantes de Estados Unidos durante la temporada de caza de la paloma de ala blanca, que se da precisamente entre estos meses de agosto y octubre, y que arroja una derrama económica muy importante para los pobladores. Hace no muchos años, en estas fechas, en el rancho El Tesoro estuvieron jugadores de los Indios de Cleveland y Bravos de Atlanta, equipos de las Grandes Ligas del beisbol.
La historia de San Fernando empieza en 1749. Es fundada por un español y sus primeros habitantes eran de Cadereyta, Nuevo León. Se dice que debido a la fama de “locos” que traían sus colonizadores, la ciudad fue conocida coloquialmente como SanFerloco, motivo por lo cual es blanco de chistes desde hace mucho tiempo. Entre las adversidades que ha debido pasar la ciudad están principalmente inundaciones provocadas por huracanes como el Vehula, el Gilberto, el Emily y el Alex, los cuales provocaron el desbordamiento del río San Fernando, el cual tiene sus orígenes en Nuevo León. San Fernando fue paso obligado en épocas de la Revolución, por lo cual sobran las leyendas urbanas de muchos tesoros enterrados y desenterrados e historias de fantasmas contadas por traileros al pasar por la famosa Loma Colorada.
Una joven que nació en San Fernando y permaneció ahí hasta los 17 años de edad, recuerda que en la casa donde vivió había una palma de 6 metros pintada con anillos de colores de raíz en la punta, la cual adornaba la entrada de su hogar y servía como referencia para dar alguna ubicación en el centro de la ciudad. La sed de ella era apaciguada con agua de lluvia que su padre recolectaba en un tonel de 3 metros de altura y que se rellenaba cada vez que el cielo quería. Aventar piedras en las norias era uno de los pasatiempos más divertidos, así como ir al rancho y montar a caballo. La lluvia de estrellas más majestuosa que la joven ha visto en toda su vida ha sido una de las tantas que suele haber en San Fernando.
Los lugareños llaman de cariño “San Fer” a su terruño, y pese a la tragedia recién sucedida, tienen fama de ser hospitalarios con sus visitantes.
Columna Historias de Nadie publicada en Milenio Diario de Monterrey el 6 de octubre de 2010