Por Texto y fotos de Félix Albisu (Prensa Latina *)
México (PL) Los pueblos son sabios y a veces caprichosos y cuando se le antoja llamar a un lugar de una manera, no valen ordenanzas gubernamentales, ni denominaciones oficiales, que se pretenden imponer, para bien o para mal, con el parecer del poder.
El monumento a los Indios Verdes en la capital de México es de esas referencias que no escapan a las ocurrencias populares, que no permiten espacio al retroceso; que perduran con el tiempo como el más resistente de los metales.
Se trata de dos esculturas llenas de significado, esculpidas para eternizar los valores de las culturas prehispánicas de la nación azteca.
Están dedicadas a los emperadores guerreros mexicas Itzcóatl y Ahuizotl. Por primera vez se les ubicó en 1892 en el pueblo de Jamaica, sobre el canal de la Viga, lo que es hoy una conocida barriada del Distrito Federal.
Las dos estatuas las esculpió el artista mexicano Alejandro Casarín. Las concibió con una pátina formada en sus superficies en bronce, que por acción de la humedad y el tiempo adoptaron un color verde aceitunado. Desde entonces, los habitantes de la capital mexicana les bautizaron para la eternidad con el nombre de Indios Verdes, sin que perdieran su significado de rebeldía, símbolo que con los años se utilizó para anteponer la cultura autóctona del país al otrora poder español.
Durante el porfiriato (1876-1911), se les trasladó por primera vez de su lugar de origen y se les colocó para 1890 en la distinguida intersección de las avenidas Bucareli y Paseo de la Reforma, mirando frente a frente a la estatua ecuestre del rey Carlos IV, a su vez bautizada asimismo hasta hoy por el pueblo como El Caballito.
Como ocurrió con el propio corcel monárquico, los Indios Verdes tuvieron de igual manera su propio peregrinar por el Distrito Federal; ambos monumentos ocuparon simultáneamente cinco lugares de posicionamiento en el entorno citadino.
Aunque algunos historiadores no coinciden en la fecha exacta de su siguiente colocación, si se acepta que en los años 20 del siglo pasado se les reubicó en el extremo norte de la avenida Insurgentes, cerca de la salida hacia la ciudad de Pachuca, donde permanecieron hasta 1979.
Tras ese largo período, las almas errantes de Itzcóatl y Ahuizotl fueron depositadas, tras una restauración general, para que descansarán para siempre a partir de septiembre de ese año en el Parque del Mestizaje, inaugurado entonces por los Reyes de España en la propia avenida Insurgentes, la más extensa del DF (29 kilómetros).
Pero a la postre ese no fue su último destino, debido a que en el 2005 se adecuó en dos carriles de Insurgentes la primera línea del sistema de trasporte público Metrobus y la presencia de los Indios Verdes era un obstáculo para el extenso curso del proyecto.
Por ello ambas estatuas fueron removidas otra vez del conjunto escultórico del artista Víctor Manuel Gutiérrez y se les trasladó hacia el Sur, a unos 400 metros del parque, junto a la estación de partida del sistema suburbano de metro y de la primera estación de la línea uno del Metrobus.
Como no podía ser de otra manera, Indios Verdes identifica ahora como punto de referencia imprescindible a uno de los más importantes nudos del transporte público metropolitano, por donde transitan cada día unos 150 mil pasajeros.
El mote popular a Itzcóatl y Ahuizotl lo lleva desde hace poco tiempo también un importante centro cultural cercano (Faro Indios Verdes) del municipio Francisco Ignacio Madero, donde cientos de alumnos cursan estudios en las artes.
En su forma, una y otra esculturas muestran a un indio maduro que tiene ambas manos apoyadas en un mazo, y el otro, representa a un joven que lleva un Macuahuitl (macana mexica) y el atavío de los Caballeros Jaguar.
La base cilíndrica sobre la que descansan las dos estatuas conserva bajorrelieves con glifos nahuas, mayas y la cabeza de un jaguar.
Esos símbolos urbanos distintivos del norte del Distrito Federal, tienen cada uno un peso de tres toneladas y una altura de cinco metros.
No obstante su actual lejanía de la zona del centro capitalino, para expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, los Indios Verdes son parte de los más egregios valores del patrimonio escultural y de conservación de los imperecederos vestigios de la nación azteca.
(*) El autor es corresponsal jefe de Prensa Latina en México.
rr/fa
México (PL) Los pueblos son sabios y a veces caprichosos y cuando se le antoja llamar a un lugar de una manera, no valen ordenanzas gubernamentales, ni denominaciones oficiales, que se pretenden imponer, para bien o para mal, con el parecer del poder.
El monumento a los Indios Verdes en la capital de México es de esas referencias que no escapan a las ocurrencias populares, que no permiten espacio al retroceso; que perduran con el tiempo como el más resistente de los metales.
Se trata de dos esculturas llenas de significado, esculpidas para eternizar los valores de las culturas prehispánicas de la nación azteca.
Están dedicadas a los emperadores guerreros mexicas Itzcóatl y Ahuizotl. Por primera vez se les ubicó en 1892 en el pueblo de Jamaica, sobre el canal de la Viga, lo que es hoy una conocida barriada del Distrito Federal.
Las dos estatuas las esculpió el artista mexicano Alejandro Casarín. Las concibió con una pátina formada en sus superficies en bronce, que por acción de la humedad y el tiempo adoptaron un color verde aceitunado. Desde entonces, los habitantes de la capital mexicana les bautizaron para la eternidad con el nombre de Indios Verdes, sin que perdieran su significado de rebeldía, símbolo que con los años se utilizó para anteponer la cultura autóctona del país al otrora poder español.
Durante el porfiriato (1876-1911), se les trasladó por primera vez de su lugar de origen y se les colocó para 1890 en la distinguida intersección de las avenidas Bucareli y Paseo de la Reforma, mirando frente a frente a la estatua ecuestre del rey Carlos IV, a su vez bautizada asimismo hasta hoy por el pueblo como El Caballito.
Como ocurrió con el propio corcel monárquico, los Indios Verdes tuvieron de igual manera su propio peregrinar por el Distrito Federal; ambos monumentos ocuparon simultáneamente cinco lugares de posicionamiento en el entorno citadino.
Aunque algunos historiadores no coinciden en la fecha exacta de su siguiente colocación, si se acepta que en los años 20 del siglo pasado se les reubicó en el extremo norte de la avenida Insurgentes, cerca de la salida hacia la ciudad de Pachuca, donde permanecieron hasta 1979.
Tras ese largo período, las almas errantes de Itzcóatl y Ahuizotl fueron depositadas, tras una restauración general, para que descansarán para siempre a partir de septiembre de ese año en el Parque del Mestizaje, inaugurado entonces por los Reyes de España en la propia avenida Insurgentes, la más extensa del DF (29 kilómetros).
Pero a la postre ese no fue su último destino, debido a que en el 2005 se adecuó en dos carriles de Insurgentes la primera línea del sistema de trasporte público Metrobus y la presencia de los Indios Verdes era un obstáculo para el extenso curso del proyecto.
Por ello ambas estatuas fueron removidas otra vez del conjunto escultórico del artista Víctor Manuel Gutiérrez y se les trasladó hacia el Sur, a unos 400 metros del parque, junto a la estación de partida del sistema suburbano de metro y de la primera estación de la línea uno del Metrobus.
Como no podía ser de otra manera, Indios Verdes identifica ahora como punto de referencia imprescindible a uno de los más importantes nudos del transporte público metropolitano, por donde transitan cada día unos 150 mil pasajeros.
El mote popular a Itzcóatl y Ahuizotl lo lleva desde hace poco tiempo también un importante centro cultural cercano (Faro Indios Verdes) del municipio Francisco Ignacio Madero, donde cientos de alumnos cursan estudios en las artes.
En su forma, una y otra esculturas muestran a un indio maduro que tiene ambas manos apoyadas en un mazo, y el otro, representa a un joven que lleva un Macuahuitl (macana mexica) y el atavío de los Caballeros Jaguar.
La base cilíndrica sobre la que descansan las dos estatuas conserva bajorrelieves con glifos nahuas, mayas y la cabeza de un jaguar.
Esos símbolos urbanos distintivos del norte del Distrito Federal, tienen cada uno un peso de tres toneladas y una altura de cinco metros.
No obstante su actual lejanía de la zona del centro capitalino, para expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, los Indios Verdes son parte de los más egregios valores del patrimonio escultural y de conservación de los imperecederos vestigios de la nación azteca.
(*) El autor es corresponsal jefe de Prensa Latina en México.
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