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A paso lento en tierra firme

Sergio Zepeda De Alba/Enviado

LA PAZ, Baja California Sur  (9 enero 2011).- Llegamos hasta la playa en la Ensenada el Gallo después de navegar unas horas en el Mar de Cortés. No se trata de la primera opción, pero según Juan, nuestro guía, las demás están repletas. Cuando pasamos frente a ellas en el bote, yo no calculo más de 10 personas en cada ensenada. Cuestión de perspectiva, supongo.

"Existen cerca de 32 playitas cerca de aquí", nos explica Juan y de pronto entiendo su insistencia por encontrar un lugar vacío. Si se conoce la zona y se cuenta con un velero o se contrata un tour individual, cualquiera puede tener una playa "privada".

Pero no todo mundo puede visitar estas zonas. Debido a que se trata de lugares protegidos, los visitantes o sus guías deben estar autorizados por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).

Afortunadamente, nosotros contamos con ese permiso, así que llegar hasta a la ensenada de El Gallo no implica mayor trámite, y recorrer la playa por completo nos toma menos de 10 minutos. Entonces percibimos cómo el tiempo se adelgaza. Atrás quedan los últimos restos de ajetreo que trajimos con nosotros.

"Los americanos repiten mucho que eso es Mexican time, así es aquí", dice Juan y no necesita dar más explicaciones. Lo entendemos de inmediato.

Unas horas después, habremos de experimentar esa tranquilidad caminando por el malecón que cruza la ciudad a lo largo del Paseo Álvaro Obregón. En un sábado por la tarde es posible ver a lugareños y turistas pasear por la zona, ya sea para observar el atardecer, para disfrutar de un café o salir en busca de artesanías.

La vida en la ciudad

Los cuatro caminan despacio. Voltean a la derecha, y señalan un edificio que está decorado como si fuera regalo navideño. Probablemente se traten de estadounidenses que llegaron con el último crucero. Cuando nos acercamos, simplemente dicen "no foto, no foto", y siguen su camino. Es la primera y única vez que alguien no responde con una sonrisa nuestro saludo mientras recorremos el malecón de La Paz.

Este paseo se extiende por cerca de 5 kilómetros y fue remodelado hace cuatro años; desde entonces los habitantes de la ciudad no paran de elogiarlo. En parte se debe a las 10 esculturas de bronce que ahora decoran la avenida.

Los chicos que patinan en el parque Cuauhtémoc, la señora que atiende un puestito de artesanías, o los parroquianos que disfrutan un café en uno de los andadores cercanos a la avenida 16 de septiembre, al caer la tarde todos se reúnen en este lugar y disfrutan del panorama.

Entre ellos se encuentra Rainbowhawk, un estadounidense de poco más de 60 años que, después de recorrer el mundo, decidió quedarse a vivir en La Paz.

Ahora pasa las tardes en su silla de playa, bebiendo café, fumando y navegando la Red en su computadora.

Para a él, la decisión de vivir junto al mar en la península de Baja California no necesita mayor explicación.

Su voz suena condescendiente, como quien tiene que repetir lo obvio. "La Paz es La Paz", dice. Luego apaga su cigarro y sigue en lo suyo, disfrutando del viento que apenas sopla.
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