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La vida junto al mar

Sergio Zepeda De Alba/Enviado

LA PAZ, Baja California Sur  (9 enero 2011).- Apenas levantamos la vista hacia el horizonte y no nos quedan dudas: aquí la vida fluye al ritmo que marcan las corrientes del Mar de Cortés. Las diversas tonalidades de azul y verde, enmarcadas por el desierto que se extiende en la Península de Baja California atraen a navegantes nacionales y extranjeros.

Los turistas llegan a bordo de yates y cruceros desde Estados Unidos, sobre todo de ciudades como Los Ángeles y San Diego. Otros, incluso, cruzan el planeta. Los lugareños comentan que el buceo y la pesca deportiva atraen cada temporada a viajeros japoneses.

Pero a diferencia de lo que ocurre en otros puertos, aquí todavía reina la tranquilidad. En contraste con Cabo San Lucas, que recibió a más de 627 mil cruceristas en 2010, a La Paz arribaron tan sólo mil 600. Hoy todavía es posible recorrer los parajes de eso que el extinto oceanógrafo francés y padre del buceo moderno, Jacques Cousteau, llamó el acuario del mundo debido a su gran biodiversidad.

No por nada Cousteau pasó cerca de cuatro años estudiando la región.

Un breve recorrido basta para poder entenderlo: tan sólo en el agua que rodea una sola de las islas, Espíritu Santo, se observan más de 50 especies de aves marinas, 15 de mamíferos marinos, y una infinidad de especies submarinas.

Así que pronto nos sumamos a esos viajeros en la marina de Costa Baja, un nuevo desarrollo inmobiliario y hotelero ubicado a las afueras de la ciudad. A bordo de una panga navegamos hacia uno de los atractivos más populares de la zona. A 14 millas náuticas de la marina (cerca de 25 kilómetros), la isla Espíritu Santo hospeda una colonia de poco más de 300 lobos marinos.

El recorrido hacia Espíritu Santo, una de las más de 900 islas e islotes de la zona, depara sorpresas. Cuando pasamos frente a otra de las islas, Juan Beltrán, nuestro guía, señala un martín pescador.

"Es una de las aves con la migración más larga del mundo", explica. Aunque residen en Norteamérica, a veces llegan hasta el extremo sur del Continente.

Pronto se nos une un grupo de delfines. Juan calcula que deben de ser cerca de 40 ejemplares que nadan a los costados de la embarcación. Y, de tanto en tanto, saltan entre las olas y la estela del motor. "Y espérense", nos advierte Juan, "no han visto nada".

Tras un recorrido de una hora aparece frente a nosotros la Isla Espíritu Santo. Juan no miente. Sumergidos en el agua y equipados con visor, aletas y esnórquel convivimos con los más pequeños de los lobos marinos.

Nuestro guía se acerca a la roca, extiende los brazos, da un giro y las crías de lobo marino lo imitan. Luego muerden sus aletas. Después sus manos. "Sólo se sienten cosquillas", nos dice, una vez fuera del agua, y enumera los peces que hemos observado: "cirujano azul cola amarilla, damisela azul y amarilla, sardina plateada, ángel real azul, cangrejo araña...".

Tenemos la certeza de que con tantas especies el tiempo no es suficiente. Algunos exploradores observaron el mundo marino gran parte de su vida. Desafortunadamente, los visitantes ocasionales no tenemos ese privilegio.
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